Los castaños blancos

 

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Allí, los castaños daban flores blancas, a partir de las cuales se destilaba la esencia de los pensamientos resolutivos. Era una de las más apreciadas por cualquiera, pues su efecto ayudaba a dormir y a ver los problemas de una sola vez, además de poder resolverlos sin dar vueltas y vueltas a la cabeza. Mucha gente padecía este mal, por lo cual había que elaborar grandes cantidades de esencia ya que su demanda siempre estaba por las nubes.

Magdalena

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Mientras, su abuela Magdalena la vigilaba con precaución, la cuidaba con ternura y le hacía compañía bajo los soportales del patio, cuando la tarde empezaba a descender y aún quedaban algunas horas hasta que volvieran las trabajadoras.

Nueve meses en silencio

 

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Quedó sembrada en su último encuentro de amor y, como no estaba preparada para tener una criatura, se pasó los nueve meses en silencio, asomada a la ventana con la vista perdida a lo lejos.

El pacto

 

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Lo primero que pactaron fue la hora de vuelta de Amanda, pues debía estar en casa antes de que se levantaran su madre y sus abuelas. La madre de Amanda tenía alrededor de veinticinco años, mientras que la edad de las abuelas oscilaba entre los cincuenta y los cien.

Aquellos ojos

 

Al inclinarse sobre él percibió en su mirada algo profundo y sorprendente. Sintió que aquellos ojos podrían explicarle todo lo que no entendía de la vida y, al mismo tiempo, un temor enorme recorrió su pequeño cuerpo.

Prudencio

En su pueblo sólo quedaba un anciano a quien nadie se atrevía a calcular la edad y cuya cara presentaba tantas arrugas que a Amanda le parecía una de sus múltiples abuelas.

Camino al cementerio

 

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Cuando emprendieron camino hacia el cementerio, Raimunda la tomó de la mano y Amanda reparó en que, al igual que su abuela Renatta, ésta tenía los dedos meñiques mucho más pequeños de lo habitual. En nada le extrañó aquello pues ya había comprendido que las dos mujeres eran exactamente iguales y pensó que también en los defectos era normal que lo fueran. Lo que la inquietó sobremanera fue el recuerdo de las manos de Prudencio mientras tocaba la armónica o mientras cogía las suyas, al querer explicarle algo. Él también tenía los dedos meñiques extremadamente pequeños.

Algunos rincones

 

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Cuando Mathilda acabó de dar las órdenes, todas se pusieron en marcha, comenzando por la limpieza de las ventanas y el vaciado de los roperos, para reordenarlos y perfumarlos, ya que en el tiempo que habían pasado en Mustard no se había quedado nadie al cuidado de la casa y algunos rincones estaban habitados por seres vivos pequeñitos a los que había que invitar a que se marcharan.

La Casa de Hospitalidad

 

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La mañana que se pusieron en camino, Amanda empezó a recordar a Prudencio con una nostalgia que le ocupaba el pecho y la garganta. Ella sabía que en la entrada a Beech estaba la Casa de Hospitalidad y que él estaba allí, enfermo y solo, aunque la información procedía de Cordelia, y a saber si esa mujer tan embustera había dicho la verdad o estaba manipulando las cosas una vez más.

Seres sin cuerpo

 

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Por el aire volaban roedores con alas que, si al principio eran murciélagos, ahora parecían seres sin cuerpo, formados sólo por sombras, más oscuras que la propia sombra de la noche.